Y, sin embargo, a veces, lamentable y dolorosamente, el sentimiento se aletarga, se consume, se apaga y se termina...
Y cuando eso sucede, poco se puede hacer para impedirlo.
Estoy diciendo que se deja de querer.
Afortunadamente no siempre, pero se puede dejar de querer.
Creer que el amor verdadero es eterno es vivir encadenado al engaño infantil de que puedo reproducir, en lo cotidiano, aquel vínculo que alguna vez tuve, real o fantaseado: el amor de mi madre. Un amor infinito, incondicional y eterno.Dice Jacques Lacan que es éste el vínculo que inconscientemente buscamos reproducir, un vínculo calcado de aquél en muchos aspectos.
Deshagámonos, si es posible para siempre, de la idea del amor incólume, y asumamos con madurez lo que dice Vinicius de Moraes: " El amor es una llama que consume y consume porque es fuego, un fuego que es eterno...mientras dura".
Se podrían dividir en tres grandes grupos:
-Las de aquellos que quieren ser queridos más de lo que son queridos, porque no les es suficiente lo que reciben.
-Las de los que quieren dejar de querer a aquel que ya no les quieren, porque les es muy doloroso.
-Y las de los que quisieran querer más a quien ya no quieren, porque todo sería más fácil.
( No sólo no podemos hacer nada para que nos quieran, sino que tampoco podemos hacer nada para dejar de querer).
Qué fácil será todo si se pudiera elevar el "quererómetro" apretando un botón y querer al otro más o menos de lo que uno lo quiere, o girar una canilla hasta conseguir equiparar el flujo de tu emoción con el mío.
Pero la realidad no es así.
La verdad es que no puedo, por mucho que me esfuerce, quererte más de lo que te quiero. No puedes, por mucho que así lo desees, quererme ni un poco más ni un poco menos de lo que me quieres.
Shopenhauer lo ilustra diciendo que se puede querer, pero no se puede querer cuanto uno quiere, ni como uno quiere no lo que uno quiere querer.
Y si no podemos esto, menos aún podríamos ayudar a otros a que algo de eso les pase.
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